El dólar se ha vuelto a depreciar de manera generalizada respecto de la mayoría de las monedas del mundo y el peso no es excepción. El peso, ya fuerte desde hace años, se ha vuelto a revalorar en las últimas semanas respecto al dólar y vuelve a poner sobre la mesa las implicaciones de tener un peso demasiado fuerte: la moneda mexicana se cotiza en alrededor de 17.30 pesos por dólar y la presidenta Sheinbaum lo presume como una muestra de la fortaleza económica de México.
¿Qué lo ha causado? Un factor externo y otro interno: la política económica de Trump ha introducido dudas sobre el futuro del dólar y enorme inestabilidad e incertidumbre; y el factor interno lo constituye la prolongación de las altas tasas de interés en México y (felizmente) tener todavía “grado de inversión” como calificación crediticia (ello permite que fondos internacionales puedan invertir en valores mexicanos).
Lo que haga Trump no depende de nuestro país, pero las tasas de interés de corto plazo las mueve la política monetaria del Banco de México; a su vez, el grado de inversión depende de la fortaleza de nuestras finanzas públicas y de nuestro Estado de derecho.
¿Cuáles son las principales afectaciones e impactos de un peso sobrevaluado para nuestra economía? Disminuye la competitividad de nuestras exportaciones, pues tienen (muchos) costos en pesos, pero venden en dólares. También abarata importaciones de bienes, viajes al extranjero, etcétera, por lo que la gente prefiere comprar más bienes importados y viajar a Europa en lugar de Cancún.
Y además, algo negativo y muy importante, reduce el margen de utilidad de empresas nacionales que producen bienes y servicios susceptibles de ser importados, lo que, en el extremo, puede llevarlas a la quiebra. Por ejemplo, si producen bienes de consumo que compiten con productos chinos.
Por otra parte, un peso sobrevaluado abarata el costo presupuestal del pago de la deuda pública denominada en dólares; en sentido contrario, al tener que pagar tasas de interés más elevadas, encarece la deuda pública denominada en pesos. Como la mayor parte de la deuda pública está en pesos, nos está saliendo más caro pagar sus intereses.
Pero la gente, y el gobierno, están felices: existe la concepción popular (no necesariamente cierta) de que el tipo de cambio es una muestra del estado de la economía del país: un peso fuerte es “sinónimo” de bonanza y solidez económica; un peso débil es evidencia de que la economía va mal.
Por tanto, hay un interés político muy conocido que inmortalizó una frase del expresidente José López Portillo: “Presidente que devalúa, se devalúa”. Por eso el gobierno prefiere a toda costa un peso fuerte que uno débil, pues la percepción de bonanza generalizada reditúa políticamente.
Al tomar la decisión de mantener un peso sobrevaluado, el gobierno de López Obrador y el actual de Sheinbaum han aceptado los costos que ello implica. En particular, el superpeso lastima la economía interna y deteriora las finanzas públicas. El superpeso está debilitando a los productores nacionales, que pierden competitividad ante el abaratamiento de importaciones de bienes de consumo y de inversión.
El 75% del crecimiento del consumo en 2025 fue de bienes importados, especialmente asiáticos, y no de bienes nacionales. No es difícil entender por qué muchas empresas están cerrando y la creación de empleo es tan baja.
Además, para tener un superpeso, se deben mantener tasas de interés más altas que en el resto del mundo y no perder el “grado de inversión”. El Banco de México ha mantenido tasas muy elevadas y Hacienda ha tenido que disminuir el gasto, especialmente la inversión pública, para que el déficit no crezca demasiado y ello ponga en riesgo su calificación crediticia.
No obstante, Hacienda necesita más dinero y, ante el estancamiento económico, ha recurrido a una creciente persecución fiscal, sobre todo a los grandes contribuyentes, con efectos nefastos en la confianza y el Estado de derecho.
Con esta política de un peso superfuerte, con tasas de interés altas, el gobierno paga más por los intereses de su deuda (y deja de gastar en seguridad, salud, educación, etcétera), encarece el crédito en México y así inhibe el consumo de bienes duraderos y reduce la inversión privada. Todo ello debilita aún más al sector productivo nacional. Así es todavía más difícil que la economía vuelva a crecer.
Ni López Obrador ni Sheinbaum repararon en este problema y más bien han “disfrutado” de la ilusión de un superpeso, sin prestar atención a sus implicaciones, que se traducen en poca creación de empleo, como ha sucedido, poca inversión a pesar de todos los planes habidos y por haber, y cada vez un presupuesto más ajustado que obliga a reducir el gasto gubernamental y aumentar la deuda pública: menos servicios públicos, peor educación, salud y un largo etcétera.
De ahí que la sugerencia de Martín Werner al Banco de México de adquirir reservas internacionales con un dólar barato merezca atención: ayudaría a depreciar el tipo de cambio, con un costo político muy bajo, y comenzaría a aliviar los costos que provoca un tipo de cambio demasiado fuerte.


