Ana María StekelmanAna María Stekelman

Tributo a Ana María Stekelman: “Me gusta ver de nuevo mis obras, parece que no las hubiera hecho yo; es como ver algo renacer ”

2026/02/11 19:00
Lectura de 12 min

Tan porteña, llega en taxi a la avenida Corrientes cruzando el Microcentro desde San Telmo. Vive allí, frente a la vieja Biblioteca Nacional, en diagonal a la casa de Felicitas Guerrero, un personaje cuya historia la cautiva. Trae la misma melena carré de siempre –sino, a esta altura, no estaríamos hablando de la auténtica Ana María Stekelman–, pero el tiempo ha pasado. Y aunque rápidamente confirma que sigue intacto su afán por coleccionar zapatos en miniatura (“no puedo dejar de comprar nuevos pares aunque ya no quepan en la vitrina”), a sus 81 años, algunas cosas han cambiado. Para empezar, viene a este Teatro San Martín que es su casa “como si fuera de visita”.

La foto de Vicente Manzonni en

Por supuesto que no es exactamente así; la comparación guarda un derroche de modestia de su parte. Stekelman no es solo uno de los nombres importantes de la danza contemporánea argentina sino que es una pieza clave en la historia del Ballet Contemporáneo del San Martín, como primero lo fue Oscar Araiz y más tarde Mauricio Wainrot. La compañía, que el año que viene cumplirá medio siglo de vida, justamente abrirá este jueves su temporada 2026 en la sala Martín Coronado con un programa “homenaje” integrado por tres obras de la gran coreógrafa que cruzó tango y danza contemporánea para forjar un estilo propio. Y también en los meses siguientes, a lo largo de 2026, retomará en distintas fechas el repertorio de su alma mater.

Una bella escena de

“No me gusta la palabra homenaje”, es lo primero que dice ella, pero que se entienda bien. “Estoy contenta de que hagan tres obras mías: Bailando en la oscuridad, Romance del diablo, que hace muy poco vimos por otros intérpretes en la gala por el centenario del Ballet Estable del Teatro Colón, y La consagración del tango. Tomarlo como una retrospectiva, sí, me parece bien, y también me gusta muchísimo ver estas obras después de tanto tiempo con un elenco que tiene sus bases en la danza de nuestra época y de la anterior, y que las hacen tan bien. Es muy buena la reposición", subraya con total convicción sobre el trabajo que hicieron para la primera pieza Miguel Ángel Elías y Elizabeth Rodríguez, Nora Robles y Pedro Calveyra; Cecilia Figaredo, para remontar el dúo; y los directores del elenco, Andrea Chinetti y Diego Poblete, con Melisa Buchelli, en el tercer título, mash-up de Stravinsky y Piazzolla. Stekelman nombra detenidamente a todos y cada uno de ellos de tan conforme que está; ahora que la memoria cada tanto recibe algunas estocadas, no quiere olvidarse de ninguno.

-El espectáculo que estrenan mañana se titula Stekelman en tres tiempos, ¿elegiste vos “estos momentos” de tu prolífica carrera? ¿qué quieren señalar?

-No, a esta edad no se elige nada, lo eligieron ellos, y es muy bueno lo que hicieron. Más que nada lo que me asombra y me gusta es que representa a dos compañías distintas, porque Bailando en la oscuridad la hice para el Ballet del San Martín y Consagración del Tango, para el Ballet Argentino de Julio Bocca.

-Y con diez años de diferencia una de la otra: la primera es de 1988 y la segunda del 98.

-Eso es muy bueno para mí. Ahora me parece como si no las hubiera hecho yo, porque pasó mucho tiempo. Y me gusta verlas, es como ver renacer algo. Es muy lindo en este sentido. Como ya te dije, me gustó mucho el trabajo de los repositores. Son excelentes, estudiaron los detalles. Es como cuando Borges habla de las traducciones, viste que dice que el traductor tiene que saber más que el autor [que lejos de la literalidad, la traducción es una forma creativa de la escritura, no inferior incluso mejor que el original]. Eso me encanta, me parece lo mismo, acá los repositores son mucho más importantes que yo.

Un dúo sensual, salido de

-Entonces, ¿cuál es tu lugar ahora?

-Soy como una visita [se ríe], una visita privilegiada. Bueno, y también está el dúo, que es de Boccatango [en 2021, en también volvió a verse en un espectáculo que Julio Bocca hizo en el Coliseo para homenajear a Piazzolla].

-Este “homenaje” oficia un poco como un preámbulo de la celebración de los 50 años del Ballet Contemporáneo del San Martín, que se cumplirán en 2027. ¿Cómo evocás ese momento fundacional? Porque recordemos que primero vino el Grupo de Danza Contemporánea de Oscar Araiz, en 1968, y luego vos en 1977. Son como las dos fundaciones de Buenos Aires.

-[Interviene Diego Poblete, codirector del Ballet Contemporáneo para aportar una anécdota] El año pasado, en el bar del Colón, nos pusiemos de acuerdo con Oscar: él crea la compañía y en el 77 Ana María la funda. [Retoma Stekelman]. Es un juego de palabras, porque los dos empezamos algo.

-¿Qué fundaste vos entonces y qué recibiste, es decir, sobre qué base?

-Yo fundé el Ballet con ocho personas, como una especie de continuación de lo de Oscar, adonde había estado cinco años como bailarina. Después hubo como un vacío, se sacó el Ballet, se sacó el presupuesto, y en ese momento yo trabajé con dos músicos, Coco Romano y Jorge Zulueta [del Grupo de Acción Instrumental], de quienes aprendí muchísimo. Después volví al teatro a crear el Ballet, que mayormente eran las mismas personas de entonces. A mí me gustaba mucho bailar las cosas de Oscar.

-Sin embargo dejaste de bailar pronto, hiciste el paso de intérprete a coreógrafa.

-Lo que recuerdo que hice después con bastante corazón es Jazmines. Yo tenía 40 años.

Ana María Stekelman:

-Me refiero más al hecho que tu vida con la danza empieza como alumna de Paulina Ossona, tu gran maestra, pero luego muy rápidamente...

-Creo que es una evolución, que pasé a la coreografía suavemente; primero yo me hacía las coreografías para Ópera collage, que era el grupo que teníamos con Jorge y Coco. Después, para el Ballet que yo dirigía. Y si lo pienso, fue algo natural. Después hice Jazmines y un poco a raíz de eso cree mi compañía, Tangokinesis, más o menos al mismo tiempo que empezaba a trabajar con Julio por casi diez años.

-Decías que lo más maravilloso que te pasó como intérprete fue bailar las obras de Araiz. ¿Cómo las recordás en el cuerpo?

-A mí me gustaban mucho los movimientos de Oscar; no me interesaban las obras, las bailaba porque tenían los movimientos de Oscar. Esa es mi posición. Yo lo siento a él como un maestro también, porque al ver coreografiar vos aprendés. No te das cuenta, pero lo hacés. Igual que en Opera collage aprendí de música. Esa herencia es inolvidable. Y Paulina claro.

-El cine fue una pata muy importante, tanto en tus inicios con la danza como en el propio desarrollo de tu carrera.

-¡Muy importante! A mí el tango me remite al cine argentino de los 40 y 50. Y el blanco y negro, claro; mis primeras obras de Tangokinesis son todas en negro. Yo soy un poquito cinéfila y trabajé con dos cineastas divinos: Saura y Coppola. Tuve suerte.

-Pero antes: Fred Astaire y Gene Kelly.

-Eso es fundacional para la danza. Juan Carlos Copes los veía como su inspiración y para mí también. Todavía los miro y me encantan, sobre todo Fred Astaire y Cyd Charisse, mis favoritos.

-Ahora que estamos en retrospectiva, de los días de Tango (1998), de Carlos Saura, ¿qué te acordás?

-Cosas muy cómicas. Por empezar, los fideos que comíamos, porque él hizo la película con [Vittorio] Storaro, que preparaba spaghetti todos los mediodías. Me acuerdo de la mesa tendida. Saura tenía unas anécdotas brutales con Lalo Schifrin. Venía a ver los ensayos y a la mañana siguiente sabía qué pedirme. Era una persona increíble y tan unido a la danza, estuvo mucho con Antonio Gades, contaba cosas de él: por ejemplo, que cuando Gades estaba mal, se colgaba del marco de la puerta para estirarse; esa era su kinesiología [se ríe].

-¿Y con Francis Ford Coppola? ¿Había spaghetti en el rodaje de Tetro también?

-No, no [se ríe]. Pero un día le dije a Coppola, ¿por qué no venís con nosotros, que nuestro comedor da al mar?, ¿Por qué comés solo en una pieza? Y me hizo caso.

Momentos que vuelven a la memoria

Antes de subir al escenario para poner en el piso las obras, la directora del Ballet Contemporáneo, Andrea Chinetti, hace una participación exprés en la entrevista con su “maestra”, quien empezó dictando clases de la técnica que aprendió con Martha Graham y “siempre estuvo en nuevas búsquedas”. Chinetti aporta el punto de vista de la labor de “reconstrucción” que hicieron detrás del montaje de este programa histórico; menciona la doble dicha de rescatar una obra perdida en el propio repertorio y de incorporar otras que para el Ballet Contemporáneo son como estrenos, porque antes las bailó Bocca. “Es todo una responsabilidad”, remata. A dos voces, blanquean lo que mueve volver a trabajar con este material. “Me moviliza que haya cosas que no me acuerdo, que veo y que son mías, pero le digo a Andrea: ¿agregaron movimientos? Y me dice que no”, admite la coreógrafa. “Y después hay roles que no puedo olvidar las personas que los bailaron antes, momentos que vuelven a la memoria”.

En el centro, Chinetti y Stekelman

-Parémonos un poco en esos prolíficos 90 de los que hablábamos antes. A comienzos de la década, en 1992, fundás Tangokinesis. ¿Por qué? ¿Para qué?

-Porque desde que a los 18 años vi a Copes, en el Roseland de Nueva York, me enamoré del tango y de él, porque era muy hermoso. Me quedó grabado. Necesité como 20 años para hacer Jazmines. Para incorporarlo [es imposible no reparar en que Stekelman dice in-corporar en sentido literal, haciendo el gesto de que algo le entra en el cuerpo]. Y me costó mucho incorporar el tango que finalmente hizo un cruce con la danza moderna, un cruce casi involuntario; yo no tenía otro lenguaje más que el de Copes que vi tanto y el que traía originalmente en mí, que es el de Paulina y de Oscar.

-Vos entrecruzás los dedos para graficarlo, porque así como no te gusta la palabra “homenaje” tampoco te gusta la palabra “fusión”, que muchas veces se usa para definir tu estilo en Tangokinesis.

-Detesto la palabra fusión, porque creo que el tango -que tengo conmigo desde chica como cualquier persona que vive acá, y que lo escuchaba en los taxis, en mi casa, en todas partes- hace el cruce adentro de uno. No es que vos decís : “Ay, voy a juntar el tango con la danza moderna”. Eso es imposible. Tenés que haber bebido de ambas cosas. Yo vi tantos espectáculos de Copes, recuerdo haber llevado a muchos coreógrafos extranjeros a ver tango, a Twyla Tharp, a Pina Bausch.

Ensayo del Ballet Contemporáneo en el hall Alfredo Alcón del Teatro San Martín

-Y, al mismo tiempo, decíamos, empezás a coreografiar para el Ballet Argentino.

-Me llevé muy bien con Julio Bocca, lo quiero mucho, lo aprecio, lo admiro.

-¿Eras una clase de coreógrafa para Tangokinesis y de otra manera para el Ballet Argentino?

-Un poco sí. Tangokinesis era mi grupo, algo más personal, lo mío. Y Julio necesitaba obras para su ballet. Eran distintas las dos cosas. Pero eran contemporáneas. A mí me gustan las dos.

-Te gustaba hacer obras narrativas, que cuentan una histoira, aun cuando tus trabajos son más de movimiento puro.

-Es un trabajo, tenés que hacerlo, no es cuestión de que te guste o no. Felicitas por ejemplo fue muy especial para mí porque yo vivo enfrente de la casa donde ella nació en San Telmo, que está al lado de la Biblioteca Nacional que dirigió Borges. Yo me meto en las obras cuando me piden, y así la vas haciendo tuya.

-Con el tiempo, ¿cómo siguió tu relación con Julio?

-Bueno: “Feliz cumpleaños”, “Feliz Navidad”, “Feliz Año Nuevo”, “Te felicito por la gala”. Así siguió.

-¿Hoy sentís ganas de crear?

-La verdad es que sí. Pero para una persona de mi edad…. Tenés que tener un representante, alguien que te consiga las funciones, las salas de ensayo, que con razón cuestan, y no es un momento brillante del país. Yo necesitaría un incentivo para trabajar. Acá lo hicieron ellos todo, yo no sé reponer obras y menos las mías.

En diversos espectáculos Julio Bocca bailó las creaciones de Ana Martía Stekelman para el Ballet Argentino, como aquí con Eleonora Cassano en

-¿Vas a ver danza?

-No mucho. Voy a ver las obras de Mónica Fracchia, siempre, porque somos amigas y me gustan [conexiones, si las hay: en el mismo instante que la nombra, a Stekelman le suena el teléfono y es Fracchia]. A mí me gusta la imagen más que la técnica, aunque el Ballet del San Martín tiene una técnica brutal, es un ballet muy especial, muy lindo, muy argentino. A ellos sí los vengo a ver siempre. Al Colón a veces voy, si me invitan. Sé que la danza está, no desapareció, pero creo que como todo lo que pasa en la Argentina, “no está decayendo, ya se cayó”. Hay que tener clara esa idea.

-Ese 1977 en el que refundás la compañía, era un año de Dictadura, de la que ahora se conmemoran también 50 años.

-Kive Staiff hizo de esto una isla [prefiere no explayarse]. Yo lo quería hacer, no me importaba nada, quería dirigir al Ballet. Después, a los cinco años me fui. Me gustó más mi segunda dirección, en el 88-89, porque ahí yo sabía más, pero duró poco porque cambió el gobierno.

-Hablemos de otros mojones. Por ejemplo, el Festival de Avignon de 1999.

-Avignon: tuvimos suerte. No, suerte no, hicimos cosas muy buenas. Llenamos todas las funciones; nos vieron 8000 personas. También con [Alfredo] Arias hicimos Las bodas del niño rey en el Palacio de Versalles y estuvimos en la Ópera de París, con Julio y dos parejas de Tangokinesis.

En el centro, Nora Robles y Pedro Calveyra, pareja central de la compañía Tangokinesis

-¿Qué te dio el mundo?

-La palabra mundo hoy me pone nerviosa. No están bien las cosas, entonces no sabés qué es el mundo. La IA, las guerras que hay con elementos tan agresivos, es un momento malo. Siempre los hubo, pero lo que hay ahora es una posibilidad de destruir muy grande.

Para agendar

Stekelman en tres tiempos, por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, en Corrientes 1530, del 12 al 15 de febrero, a las 20. Durante esos días, en el hall de la sala Martín Coronado se dispondrá una muestra de vestuarios de las obras de la coreógrafa. Luego, del 5 al 8 de marzo, el espectáculo se presentará en el Anfiteatro de Parque Centenario.

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