Durante gran parte de los últimos 20 años, los mercados emergentes parecían condenados a no emerger nunca. Se suponía que estas economías ofrecerían a los inversores audaces la oportunidad de obtener rendimientos descomunales: la posibilidad de beneficiarse del crecimiento de los países de ingresos medios a medida que se ponían al nivel de los ricos.
Efectivamente, el FMI calcula que las economías emergentes y en desarrollo, en promedio, han aumentado su producción más rápidamente que las desarrolladas cada año de este siglo, a menudo en varios puntos porcentuales. Sin embargo, tras un auge espectacular en la década de 2000, sus mercados bursátiles habían generado, hasta hace poco, rendimientos pésimos. Hubo que esperar hasta 2021 para que el índice MSCI de acciones de mercados emergentes volviera a alcanzar su máximo de 2007, solo para volver a desplomarse rápidamente, en más de un 40%.
Ahora, las acciones de los mercados emergentes están volviendo a dispararse. El índice MSCI que las sigue subió 34% en 2025, frente al 21% de su equivalente en los países desarrollados. Apenas un mes después de comenzar el año, los mercados emergentes ya han subido otro 9%. Las divisas, desde el peso mexicano hasta el ringgit malasio, se han disparado frente al dólar. Los rendimientos de los bonos de los mercados emergentes en moneda local han superado con creces a los de la deuda estadounidense o europea de alto riesgo y alto rendimiento. ¿Podrá continuar esta racha?
Gran parte de la respuesta depende de lo que suceda con el dólar. Desde finales de la década de 1960, cuando el sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods comenzó a desmoronarse, el dólar atravesó cuatro grandes mercados bajistas. Cada vez, según señalan los analistas de Bank of America, las acciones de los emergentes se han disparado. Su reciente éxito se produjo, una vez más, cuando la fortaleza de la moneda disminuyó. Hasta ahora, en comparación con una canasta de divisas de países ricos, solo está un 11% por debajo de su máximo de 2025, una caída moderada en comparación con la baja del 41% registrada entre 2002 y 2008.
Si los operadores siguen deshaciéndose de dólares, los activos de los mercados emergentes tienen mucho más que ganar. Aunque los gobiernos de las economías en desarrollo piden cada vez más préstamos en sus propias monedas, especialmente en Asia, muchos siguen teniendo importantes deudas en dólares. Un dólar más débil hace que su servicio y su reembolso sean más baratos. En igualdad de condiciones, también debería impulsar el comercio internacional cotizado en dólares, como las exportaciones de materias primas. Y el capital que sale de Estados Unidos tiene que ir a parar a algún sitio. La asignación media de las carteras de los gestores de fondos activos a las acciones de mercados emergentes se encuentra cerca de su nivel más bajo en dos décadas, lo que convierte a estos activos en una opción obvia para quienes buscan diversificar.
Sin embargo, el optimismo con respecto a los mercados emergentes no se basa únicamente en la continuación de la tendencia de “vender Estados Unidos”. Para entender por qué, consideremos tres razones por las que incluso los inversores más fervientes de “America First” deberían prestarles atención: el bajo precio de las acciones, su resistencia y su potencial para beneficiarse del crecimiento mundial.
El bajo precio es el atractivo más evidente. Es cierto que las acciones de los mercados emergentes parecen caras en comparación con su propia historia: con un múltiplo de 13 veces los beneficios subyacentes previstos para el próximo año, rara vez han sido más caras. No obstante, esta valoración representa un descuento del 40% con respecto al índice S&P 500 de Estados Unidos. Es posible que los gigantes tecnológicos estadounidenses obtengan beneficios extraordinarios gracias a la inteligencia artificial, pero también lo harán las empresas de China, Corea del Sur y Taiwán. Los inversores que compren una amplia canasta de acciones de mercados emergentes pueden apostar por la misma tendencia a un precio mucho más bajo y con una mayor diversificación en caso de que la IA decepcione.
Además, si una crisis desestabiliza la economía mundial, los mercados emergentes están mucho mejor posicionados que antes para hacerle frente. Los países de ingresos medios de América Latina y Asia han dedicado décadas a construir instituciones más sólidas, acumular divisas y potenciar sus bancos centrales. Su resiliencia quedó patente cuando los precios se dispararon a nivel mundial en 2022 y muchos subieron las tasas de interés mucho antes que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, logrando reducir la inflación. Invertir en mercados emergentes sigue siendo más arriesgado que apostar por las economías avanzadas, pero mucho menos que antes.
De hecho, el contexto económico mundial parece estar tan cerca del punto óptimo para los mercados emergentes como podría estarlo. El FMI prevé que el PBI mundial crezca de forma constante en 2026, aunque más lentamente, y que los mercados emergentes superen a las economías ricas en 2,4 puntos porcentuales. La Reserva Federal de Estados Unidos está dispuesta a recortar aún más las tasas, pero pocos temen una recesión. En otras palabras, la situación no parece ni demasiado caliente ni demasiado fría: ideal para animar a los inversores a desplegar capital en lugares que son un poco más arriesgados, pero que probablemente crecerán un poco más rápido y generarán mayores rendimientos. Sin duda, ayudaría que Donald Trump diera a los inversores aún más razones para rechazar los activos estadounidenses, pero, en cualquier caso, la racha alcista de los mercados emergentes puede que solo esté comenzando.


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