La economía, los mercados, la biología, la IA y nosotros, somos sistemas que procesan información bajo restricciones de energía, tiempo y coordinación.La economía, los mercados, la biología, la IA y nosotros, somos sistemas que procesan información bajo restricciones de energía, tiempo y coordinación.

Cuando todo es cómputo: el humano al centro… y la máquina también

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Hay textos que no se leen con prisa. Textos que obligan a bajar el ritmo, a releer párrafos, a dejar el café enfriarse mientras una idea incómoda empieza a acomodarse. El Think Piece de enero de 2026 de Global Macro Investor [1] es uno de ellos. No porque prometa respuestas fáciles, sino porque propone un cambio de marco tan amplio que resulta imposible salir indemne. Lo disfruté enormemente, y no por coincidencia: es de esos escritos que no buscan convencer, sino alinear.

El documento no se limita a un ensayo conceptual, sino que integra una serie de artículos que dialogan entre sí, combinando marcos teóricos ambiciosos con análisis de mercado concretos. A lo largo del texto, las gráficas cumplen un papel central: no ilustran opiniones, sino que funcionan como evidencia visual de cómo la coherencia - entre liquidez, energía, tecnología e incentivos - se manifiesta en precios, ciclos y rupturas.

Desde patrones de largo plazo en activos vinculados a cómputo, energía y materias primas, hasta señales de inflexión en infraestructura física y despliegue de inteligencia en el mundo real, las visualizaciones refuerzan una idea clave: los mercados no “opinan”, miden. Las curvas, rupturas y acumulaciones que aparecen una y otra vez no buscan predecir el futuro, sino mostrar cómo la información se comprime en el tiempo, permitiendo observar antes que en el discurso político o institucional dónde está emergiendo la siguiente capa de coherencia económica.

La tesis central es tan simple como perturbadora: todo es cómputo. No como metáfora, sino como descripción estructural de cómo funciona la realidad contemporánea. La economía, los mercados, la biología, la inteligencia artificial y, sí, también nosotros, somos sistemas que procesan información bajo restricciones de energía, tiempo y coordinación. A partir de ahí, el texto hace algo poco habitual: conecta física, economía y tecnología sin pedirle permiso a las disciplinas.

Durante años, el discurso de la disrupción tecnológica insistió en una narrativa tranquilizadora: la tecnología pone al ser humano al centro. Más productividad, más tiempo libre, mejores decisiones, mayor bienestar. Y, en buena medida, eso sigue siendo cierto. Pero el texto propone una segunda idea, mucho menos cómoda y más honesta: la misma disrupción que recentra al humano, también acerca a la máquina al centro del sistema económico.

No se trata de una rebelión de las máquinas ni de ciencia ficción. Es algo más sutil. Durante varios siglos, la inteligencia estuvo inseparablemente ligada a la biología. Pensar, decidir, planear y coordinar eran actividades humanas, limitadas por cuerpos, horarios, errores y fatiga. La economía se organizó alrededor de ese hecho: trabajo, salarios, productividad, crecimiento. Hoy, por primera vez, la inteligencia se ha desacoplado de la carne. Puede escalar como software, replicarse sin costo marginal y operar sin descanso. Incluso por ahí se escucha que podría coadyuvar a reducir la migración ilegal.

El documento introduce en su conjunto una idea clave: la economía no optimiza para justicia, ni para bienestar, ni siquiera para empleo. Optimiza para algo que considero complejo, la coherencia. Es decir, para sistemas donde energía, información, incentivos y coordinación se alinean de forma eficiente. Cuando eso ocurre, el sistema persiste y crece. Cuando no, se fragmenta. Desde esa óptica, los mercados no son caprichosos ni “emocionales”: son sensores que detectan dónde está emergiendo esa coherencia antes que cualquier política pública o discurso institucional.

Aquí aparece una paradoja fascinante. A medida que la inteligencia se vuelve abundante y barata, gracias a la automatización, la IA y los sistemas autónomos, el trabajo manual humano deja de ser el cuello de botella del crecimiento. No porque las personas fallen, sino porque el parámetro de comparación cambió de sustrato. La consecuencia no es simplemente desempleo o reconversión laboral; es algo más profundo: el salario deja de ser el principal mecanismo de creación y más importante aún, la distribución de valor.

Y, sin embargo, lejos de expulsar al ser humano del centro, este proceso lo redefine. Los textos sugieren que, en un mundo donde la eficiencia cognitiva está dominada por máquinas, el valor humano migra hacia aquello que no se puede comprimir fácilmente: experiencia, significado, cuidado, presencia, creatividad, comunidad. No porque sean románticos, sino porque generan diversidad y exploración, elementos esenciales para que el sistema siga evolucionando.

Al mismo tiempo, la máquina se acerca al centro no como sujeto moral, sino como infraestructura cognitiva. Sistemas que coordinan cadenas de suministro, asignan capital, optimizan redes eléctricas, gestionan logística o ejecutan estrategias financieras a velocidades inhumanas. La economía empieza a organizarse más alrededor de sistemas que alrededor de personas, y eso explica por qué muchas tensiones actuales no se sienten solo económicas, ni institucionales, sino también existenciales.

Hace poco mi amigo Garry Tan (CEO de YC) dijo algo que ilustra precisamente esa componente existencial, porque apunta al corazón del problema: que cuando casi el 40 % de los estudiantes de una universidad de élite declara alguna discapacidad - frente a apenas 4 % en los llamados “community colleges” - no estamos ante jóvenes “haciendo trampa”, sino ante élites que han diseñado un sistema donde decir la verdad te deja en desventaja. No es un fallo individual, es un fallo de incentivos: cuando las reglas premian la etiqueta por encima del mérito y la excepción por encima de la honestidad, la integridad deja de ser una virtud práctica. Y como él mismo remata, “Cluely is not everything”: si queremos instituciones creíbles, hay que volver a hacer rentable la integridad.

Visto así, la disrupción tecnológica no es un incentivo artificial ni una historia de reemplazo institucional, sino de reorganización. El error sería insistir en que nada cambia, o en que todo se resuelve con capacitación. El riesgo no es la tecnología, sino la falta de nuevos marcos para convivir con ella. Instituciones diseñadas para un mundo de inteligencia escasa se ven forzadas a operar en un entorno de inteligencia abundante, y esa fricción se manifiesta como ansiedad social, desconfianza y polarización.

El texto no promete utopías ni advierte catástrofes inevitables. Es más frío, y más útil, que eso. Nos recuerda que los sistemas e instituciones sobreviven cuando se adaptan a nuevas formas de coherencia. Y que la pregunta relevante ya no es si la tecnología “pone al humano al centro”, sino qué significa ser humano dentro de las instituciones cuando la inteligencia deja de necesitarnos como vehículo de mobilidad social principal.

Tal vez ahí esté la invitación más poderosa del documento: no a resistir el cambio ni a celebrarlo ciegamente, sino a participar conscientemente en él. Porque si algo queda claro es que no estamos observando el sistema desde fuera. Somos parte de esa misma “computación” colectiva que hoy, por primera vez, intenta en volverse consciente de sí misma.

Referencia

[1] Global Macro Investor. January 2026 Think Piece: Everything Is Compute, The Universal Code & The Everything Code. 2026.

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