El vendaval que estremece el frágil equilibrio mundial –que Donald Trump se empeña en terminar de pulverizar a golpes de pico y pala– remite en forma inexorable a la serie de Netflix El problema de tres cuerpos, inspirada en la trilogía escrita por el novelista chino Liu Cixin. En el primer volumen, una científica china que participa en un programa de búsqueda de vida extraterrestre consigue establecer contacto con una civilización que habita un planeta dominado por un sistema de tres soles. La historia que desarrolla el primer volumen es una clara metáfora de un dilema de mecánica celeste que conocen todos los estudiantes. La física no aportó hasta ahora ninguna respuesta para resolver las ecuaciones del movimiento de tres cuerpos –soles o planetas– que interactúan gravitacionalmente en el marco de la dinámica newtoniana.
La interacción entre ellos suele generar un sistema dinámico muy complicado y, a menudo, impredecible. Es la base misma de la teoría del caos, comúnmente conocida como “efecto mariposa”.
Ese enigma se asemeja en forma pavorosa al puzzle que enfrentará el mundo en el futuro si prevalecen los proyectos que comenzó a poner en práctica Trump con las avasalladoras políticas desplegadas en Venezuela y Gaza, y en las ambiciones que enuncia para América Latina, Groenlandia, Europa y Canadá. Como en El problema de tres cuerpos, la historia de la humanidad enseña que la coexistencia de tres soles fue siempre una configuración temporaria e inestable en un sistema caótico. En la ficción de Liu Cixin –como en la realidad histórica– es extremadamente raro encontrar una coexistencia relativa. “Ni siquiera por un momento. Es, incluso, la excepción”, afirman los científicos. La inestabilidad del sistema explica la actitud de los habitantes del planeta Trisolaris, que –convertidos en una civilización desesperada e implacable– aspiran a conquistar un refugio cósmico cíclicamente estable (la Tierra) que pueda responder a sus intereses vitales.
La fase de recomposición geoestratégica lanzada por Estados Unidos entraña un grave riesgo en un futuro relativamente inmediato porque amenaza con favorecer la transición de un mundo multipolar relativamente estable a un frágil equilibrio entre tres imperios ambiciosos en pleno ascenso que aspiran a la hegemonía mundial. El sistema que regía después del derrumbe de la URSS en 1991 se rompió por la torpeza de Estados Unidos, la codicia de Donald Trump y las quimeras de Vladimir Putin.
El nuevo sistema, surgido de los escombros que dejó la caída de la Unión Soviética, terminó de fracturarse a principios del siglo XXI por concomitancia de tres grandes convulsiones geopolíticas que reconocen pocos precedentes en la historia:
• La ambición de Putin de restaurar la gloria del Imperio Ruso y recuperar los territorios “perdidos” en Europa Oriental.
• Las “opciones civilizacionales” de China, opuestas a los valores de Occidente, de recuperar el rango imperial que tuvo durante un milenio hasta que fue aplastada por el famoso “siglo de humillaciones” impuesto por las potencias occidentales. El prodigioso despegue económico y militar logrado por el programa de modernización de Deng Xiaoping le permitió convertirse en menos de 40 años en el principal rival de Estados Unidos y aspirar a la hegemonía mundial.
• La brutal irrupción de Donald Trump en el tablero geopolítico con ambiciones coloniales en América Latina, Groenlandia, Canadá, Gaza y el avasallamiento de Europa (en la acepción política del término). Su proyecto, por ahora impreciso e improvisado, aspira a extender las dimensiones del imperio forjado por Estados Unidos entre fines del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial y desarrollar una estrategia de rapacidad para asegurar el aprovisionamiento de los minerales estratégicos que necesitan las nuevas industrias encargadas de garantizar la supremacía tecnológica, económica y militar que respaldan su calidad de superpotencia desde 1945. Pero, además, puede permitirle a Trump justificar una estrategia de expansión territorial –de inspiración colonial– capaz de saciar su ego desmedido: la anexión de los 2 millones de km2 de Groenlandia y eventualmente los 10 millones de km2 de Canadá, sumados a los 10 millones de km2 de Estados Unidos, le permitirían alcanzar una masa crítica de 22 millones de km2, volumen suficiente para convertirse en el país más extenso del planeta y “ridiculizar” a los 17 millones que proclama Putin en cada declaración pública. Si alcanza ese objetivo, conseguiría batir el récord logrado por el presidente James K. Polk, que acumuló 1,3 millones de km2 gracias a los territorios arrebatados a México durante la guerra de 1846 a 1848.
El estilo hiperbólico que emplea con la prensa y en las tribunas electorales, en geopolítica es menos aceptable porque detrás de cada frase se adivinan las flotas de la US Navy en los océanos, la supremacía norteamericana en el espacio, la potencia de fuego que representan sus fuerzas armadas y un presupuesto de defensa actualmente cercano a un billón de dólares, que podría aumentar en 50% en 2026.
En lugar de poner en evidencia esos argumentos que todo el mundo comprende, detrás de esos discursos, el historiador canadiense Quinn Slobodian adivina el perfume de un concepto teorizado por el jurista nazi Carl Schmidt: un gran espacio (Grossraum), que autoriza a un Estado dominante a ejercer una hegemonía regional y “someter” a las entidades avasalladas sin interferir con los grandes espacios de otras potencias dominantes. En lugar de capitalizar los beneficios del orden mundial que ellos mismos establecieron después de 1945, prefieren reservarse el control del llamado Western Hemisphere (hemisferio occidental), término geopolítico que utilizaban los “padres fundadores”, pero que fue institucionalizado por James Monroe en 1823 para referirse a las Américas y, en particular, a América Latina. Desde entonces, prácticamente solo se utiliza en Estados Unidos.
Un mapa exhibido en el Departamento de Estado después de la incursión a Venezuela para detener a Nicolás Maduro, sumado a algunas declaraciones de Trump y sus ideólogos, permitió inferir las hipotéticas zonas de influencia que la Casa Blanca atribuye –en abstracto– a las tres superpotencias:
• Estados Unidos tendría el control de toda América –más el Atlántico Sur, incluyendo los dos puertos militares más importantes de Sudáfrica–, así como una Europa Occidental sin la OTAN y partes de Asia Oriental.
• Rusia ejercería su influencia en Europa Oriental, Asia Central y algunas zonas de Oriente Medio.
• China abarcaría el Sudeste Asiático, parte de África y la región del Indo-Pacífico.
Ese boceto contradice en parte dos aspectos de la estrategia de Trump: terminar con la OTAN y reducir las defensas occidentales en Europa Central crearán de facto un área de fricción entre Occidente y Rusia en el corazón europeo, que deja abiertas las puertas a todas las ambiciones de Putin en esas inflamables Tierras de sangre que investigó el historiador Timothy Snyder. En esas condiciones, la paz mundial será tan efímera como un lirio. La historia demostró a saciedad que tres imperios no pueden coexistir en paz durante largo tiempo si todos abrigan ambiciones de expansión.
Especialista en inteligencia económica y periodista

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