La norteamericana Gabriella Carr-veinteañera, aspirante a actriz-se presentó a decenas de audiciones; recibió tantos rechazos que decidió comprarse un cuaderno espiral de tapa roja, escribir “Los 1000 rechazos de Gabriella Carr” en su parte delantera y anotarlos uno por uno hasta llegar al número 1000. Y allí, detenerse y descubrir qué había aprendido.
En su camino hacia el número mil ganó un concurso de belleza y consiguió un par de pequeños papeles, pero la verdadera intención no es la de llegar al triunfo de yerro en yerro, sino la liberarse del miedo al rechazo. (Cruel paradoja, la publicación de sus listas de fiascos en TikTok e Instagram la están haciendo famosa).
El éxito enseña poco. El inventario de nuestras derrotas-el reconocimiento de nuestra imperfección y nuestra precariedad-nos convierte en sujetos más sabios y más humanos. Honremos e imitemos sin pudor a Gabriella, nuestra Santa del Rechazo. Y fracasemos de nuevo. Fracasemos mejor. Y al llegar a número mil, seremos otras personas.
Y además:
En este tiempo que endiosa al éxito y lo convierte casi en una obligación moral, se hace necesario hacer una crítica a la cultura del triunfo que viene arrasando. “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, dice el siempre citable Jorge Luis Borges.

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