Hay algo así como un voto de amabilidad en la persona que organiza una ventana –así sea la más sencilla– no solo en función del interior de su casa, sino también de la mirada del transeúnte. A veces son plantas, otras algún adorno colgante o una artesanía que no mira a los habitantes de la casa, sino a quienes transitan por la ciudad y les dice que están siendo considerados. Así lo hace el singular cortinado –un paisaje impreso– de esta ventana de Bucarest (a Radu Jude, cineasta rumano, le gustaría, sobre todo por lo modesto del material donde aparecen esbozadas las montañas, el atardecer, lo que parece un valle). Pero esta foto tiene, además, otros protagonistas. Esos gatos que, como regios gatos que son, hacen la suya. Cada uno, una actitud ensimismada. Solo el tercero, blanco y negro, rompe con la indiferencia, le da entidad al afuera y, delicado, nos mira.

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