Está en las paredes de las casas, en los frentes de los edificios, en las canchas de fútbol y hasta en objetos que rara vez se asocian con la pintura, como envases farmacéuticos o aerosoles médicos. Sinteplast es una de esas marcas que forman parte del paisaje cotidiano argentino sin necesidad de presentación. Detrás de esa presencia extendida hay una historia de familia, de adaptación a contextos económicos cambiantes, que comenzó en 1958 y que hoy ya transita su tercera generación, con miembros de la cuarta empezando a incorporarse al negocio.
“La nuestra es una familia empresaria, pero también emprendedora”, define Sol Rodríguez, nieta de los fundadores e integrante del directorio de la compañía. No es una distinción menor.
La historia arranca hace 67 años, cuando Raúl Rodríguez y Amelia —los abuelos de Sol— pusieron en marcha el emprendimiento en el garage de la casa, que luego se convertiría en una de las principales empresas de pinturas del país. Ambos eran argentinos, hijos de inmigrantes españoles provenientes de La Coruña, Galicia. Raúl había nacido en La Pampa, pero se mudó de muy chico a Buenos Aires junto a su padre. Como muchas historias empresarias de la época, el origen estuvo marcado más por la necesidad que por un plan estratégico.
“El emprendimiento surgió por una necesidad de supervivencia muy clara”, recuerda Sol. Su abuelo sabía que quería hacer algo propio y probó distintos caminos. Trabajó como mandadero en el barrio de Once, se vinculó con comerciantes armenios y de la colectividad judía, conoció el mundo de las telas e incluso llegó a fabricar camisas, un negocio que no prosperó. Más tarde pasó por un taller de chapa y pintura, donde participó en trabajos vinculados al primer auto justicialista, y fue allí donde comenzó su vínculo con el mundo de las pinturas, primero como aplicador y luego desde la manufactura.
Ese recorrido diverso dejó una marca profunda en la cultura de la empresa. “Mi abuelo era una persona que siempre quería aprender. Veía los obstáculos como oportunidades, y ese valor se transmitió de generación en generación”, señala Sol. Sinteplast nació como una fábrica de pinturas industriales, orientada a abastecer al sector productivo. La línea decorativa para el hogar llegaría después, de la mano de las demandas de los propios clientes.
En los primeros años no existía un portafolio definido: los productos se desarrollaban según lo que el mercado pedía. Ese proceso se profundizó cuando se incorporó la segunda generación. El padre de Sol se sumó al emprendimiento cuando todavía eran apenas tres personas. Su formación técnica permitió ampliar y sistematizar la oferta. Aunque su vocación original era ser piloto de avión —sueño que abandonó por no cumplir con los requisitos de visión—, terminó estudiando Ingeniería Química con la idea de trabajar en la empresa familiar. “Tendrás que ser lo que sirva”, recuerda Sol, citando una frase que resume el espíritu pragmático de la familia.
Con el crecimiento llegaron también los hermanos de su padre, cada uno ocupando roles acordes a su perfil: operaciones, administración y finanzas, y áreas comerciales. La estructura organizativa se fue construyendo en paralelo al desarrollo del negocio. “Primero aparecían las necesidades y después se desarrollaban las capacidades. Una cosa iba de la mano de la otra”, explica.
A lo largo de su historia, Sinteplast tuvo dos hitos clave que marcaron su expansión. El primero fue el lanzamiento de Recuplast, un impermeabilizante que se convirtió en el producto estrella de la compañía. Diseñado inicialmente para frentes y techos, demostró su eficacia en condiciones extremas, como la Patagonia o zonas marítimas, y abrió el camino para completar la línea decorativa.
El segundo gran salto llegó a comienzos de los años 90, con la incorporación del sistema de color. En un mercado acostumbrado a una oferta limitada, la posibilidad de elegir entre cientos de tonos en el punto de venta fue una verdadera revolución. El sistema permitió reducir el stock inmovilizado de las pinturerías y amplió las opciones para los consumidores. Sinteplast fue pionera en su implementación, instaló equipos, capacitó personal y logró un fuerte crecimiento en el segmento de mayor volumen del mercado.
La expansión internacional también estuvo vinculada a una lógica de supervivencia. La empresa consume una gran cantidad de insumos importados, por lo que salir al exterior funcionó como un “seguro de cambio” frente a la inestabilidad macroeconómica argentina. A fines de los años 80 comenzaron las exportaciones a Uruguay y Bolivia. En 2001, tras el fallecimiento de su esposa, Raúl Rodríguez se instaló directamente en Bolivia, donde lideró la profesionalización de la compañía y un proceso de fuerte crecimiento que se extendió hasta 2016.
Hoy, Sinteplast tiene operaciones en Bolivia, Uruguay, Paraguay y Brasil, además de Argentina. En total, cuenta con 13 plantas industriales: siete en el país y el resto distribuidas en la región. Brasil concentra tres plantas, ubicadas en Río de Janeiro, San Pablo y Curitiba. La primera fábrica, sin embargo, fue mucho más modesta: nació en el garage de la casa familiar en Lomas del Mirador, en el partido bonaerense de La Matanza.
El grupo emplea a unas 1600 personas y maneja un portafolio de más de 7500 artículos, que abarcan desde pinturas decorativas e industriales hasta repintado automotriz, productos para la construcción, lubricantes y desoxidantes bajo la marca Penetrit. La compañía vende de manera directa, a través del retail y mediante su red de franquicias Color Shop.
Sol Rodríguez es politóloga y licenciada en Relaciones Internacionales. Su ingreso a la empresa estuvo regulado por un protocolo familiar, una herramienta que la familia desarrolló en 1997 para ordenar la relación entre parentesco y gestión. “Las empresas familiares pueden ser el cielo o el infierno. Para mí siempre fueron algo muy lindo”, dice. El protocolo establece reglas claras: la pertenencia familiar no garantiza un puesto, hay requisitos de formación, instancias de pasantías y la obligación de trabajar fuera de la empresa una vez finalizados los estudios.
Ese marco, explica Sol, permite bajar el peso del mandato y dar libertad para elegir. “Lo que busca es que vos puedas ser feliz, que no tengas la obligación de trabajar en la compañía. Paradójicamente, eso hace que muchos quieran volver”, señala. Hoy, varios primos ocupan roles estratégicos en áreas como comercial, operaciones, packaging y negocios digitales, mientras otros desarrollan carreras exitosas fuera del grupo.
La capacidad de adaptación aparece como una de las claves para haber sobrevivido durante casi siete décadas en un país atravesado por crisis recurrentes. “La versatilidad y la lectura rápida del contexto son un activo en la Argentina”, sostiene Sol. En un entorno inestable, la posibilidad de tomar decisiones ágiles y, en algunos casos, sacrificar presente por futuro marcó la diferencia. “El desafío quizás sea cuando estemos en un contexto más estable”, admite.
De cara al futuro, la empresa mantiene una estrategia de largo plazo. Está construyendo una nueva planta de productos para la construcción en Buenos Aires, con una inversión cercana a los US$12 millones, y trabaja en la consolidación del mercado brasileño. También sigue lanzando productos orientados a soluciones simples para el hogar, como impermeabilizantes térmicos y propuestas de fácil uso y recordación.
Raúl Rodríguez falleció en 2018, pero su impronta sigue presente. “Era muy simpático, muy comercial, muy resiliente. Siempre miraba el lado positivo de las cosas”, recuerda su nieta. Una forma de ser que, 67 años después, continúa definiendo a una empresa que aprendió a crecer pintando, una y otra vez, sobre contextos cambiantes.
