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Un gesto festivo para que ilumine el 2026

2026/01/02 18:45

Esta Navidad me saludó Papá Noel. Vino hasta donde estaba, se acercó especialmente aunque alrededor no había ningún niño, me miró a los ojos y me dijo: “Felicidades”. Hacía tanto tiempo que no me pasaba algo así. Yo estaba en una guardia médica del barrio en que nací porque al cuñado de mi novio le había bajado la presión o le había subido la presión, esa era la duda, así que para terminar con los nervios y justo quince minutos antes del brindis -no sin debatir con un “¿vamos ahora?”, “¿vamos en un rato?”, “no es para tanto”, “mejor sí y nos quedamos tranquilos”-, nos subimos al auto y nos fuimos al hospital. Y esto pasó cuando esperábamos en la sala, mientras lo atendían (no fue nada, solo un gran golpe de calor). Vino Papá Noel, su traje rojo y blanco, su gorro con pompón en la punta, escondió de alguna forma el agobio de estos primeros días de verano para no desentonar y dijo “feliz Navidad” apenas terminada la Nochebuena. Después contó que iba a saludar a los que estaban internados y se alejó sin más. Fueron segundos.

Tengo algunos recuerdos parecidos a este, todos son de la década del ochenta, todos son reales, creo. A veces el tiempo mezcla las cosas, pero deben haber sido así. Papá Noel a una cuadra del departamento de la calle Azara, en una casa blanca a la que nunca entraba salvo en esta fecha; Papá Noel sentado en algún centro comercial y yo al lado, nunca arriba suyo, esas actitudes no se me dan; Papá Noel en la galería más famosa de Lomas de Zamora; Papá Noel en la calle, de día, con una campana en la mano. Son solo esos. Son pocos. Los años modifican la mirada, lo que miro, y por algo dejé de mirar. La pequeña adultez, la primera adultez. Este año, mi año cuarenta y dos, en la adultez total, recibí solamente un regalo: una bombacha rosa. Pero en mi pasado la medianoche del 24 al 25 de diciembre era volcánica. Yo salía a la vereda junto a mi hermano y mis primos (todos más grandes) a jugar con estrellitas, la pirotecnia permitida a las niñas chiquitas por aquellas épocas -esos palitos grises que se encienden en una de sus puntas y por apenas un minuto hacen chispas y hacen creer que la vida es muy linda- y luego volvía a entrar al lugar en que estaba, de nuevo el departamento del tercer piso de la calle Azara o la casa de dos pisos de mi tío, la de la calle Monteagudo tan cerca de las vías del tren, y en la puerta me encontraba con una bolsa negra de consorcio de la que desbordaban regalos que por supuesto no eran todos para mí pero me extasiaban igual. Eso sentía yo, éxtasis cuando me ayudaban a leer los nombres en cada uno de los paquetes y los entregaba a sus destinatarios. Yo volaba a los cinco años.

Después nada volvió a ser así. Llegaron sentimientos distintos, mejores, de los otros también, pero la ilusión explosiva del tipo Big Bang de esas noches jamás regresó. No tuve forma de sentirme de la misma manera en otro momento de mi vida. Es una lógica que no pude recuperar. Y hace unos días me di cuenta de que es algo que extraño porque me sentí tan bien cuando me vino a ver la otra noche Papá Noel para desearme una feliz Navidad. Pensé que no hacía nada de sentido, incluso fue uno de esos episodios que sin dudas yo describo como ridículo, estúpido, cliché, y sin embargo entrar por unos instantes en ese trance festivo, creer que todavía tengo algo de esa niña que escribía cartas para pedir juguetes, la Barbie Fashion Designer, la Zig Zag, el paquete más grande de las fibras de colores Trabi, me dio fuerza. Si lo razono, no lo puedo justificar, pero fue así. Y fue verdad. Éramos solo tres adultos en la sala de espera, mi novio, su hermana y yo, y Papá Noel se acercó igual. Eran solo un par de adultos los internados y Papá Noel los saludó igual. Ese gesto. Que invada todo el 2026.

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